miércoles, 30 de septiembre de 2015
martes, 22 de septiembre de 2015
'Rompesuelas' redunda: el toro de la Vega
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| 'Rompesuelas' en la Vega de Tordesillas. Foto: Ical |
La guerrilla, con el “toro sí” y “toro no” como pretexto, se mantuvo media hora exacta. Como cronometrado por un reloj de arena. Guionizado para el prime time matinal. El morbo. Y a las 11:00, en horario digital, ‘Rompesuelas’, el torón del Conde de la Corte, cortó con sus paletonas astas la humareda provocada por la tercera bomba real. Veleto. Sin perfil. Chepudo. Culo pollo. Ni pizca de belleza. Rudo de pitón a rabo. Como el torneo. El empedrado lo saborea distraído. El Duero ni lo huele. El esprint. Y a blandear. La badana bamboleándose sin concierto. 640 kilos sin gracia. Ya en el cruce, de repente, el parón. Tres vueltas sobre sí mismo. A sus pies el pelotón ‘anti’. Encadenados. Sorprendidos de que el toro a salvar los escaneara de arriba abajo antes de poner rumbo a la Vega. “Estar en el recorrido durante el torneo no está prohibido”, había repetido hasta la saciedad el alcalde Poncela. Y no lo estuvo, ellos allí con su denuncia, con sus reivindicaciones antes y también después. Y el resto, en busca de saber cuál era el final de un ‘Rompesuelas’ que no se despegó de las tablas hasta que sonó un nuevo bombazo: el comienzo del torneo. Y la incertidumbre del campo de tiro. Millas por delante.
Y el pupilo del Conde de la Corte obligó a ahondar en el torneo. Pura redundancia, durante al menos cinco kilómetros: el toro por la Vega. Ni más ni menos. El trotar cansino de avanzar sin saber a dónde y a ver qué. Con el desgaste de tener que hundirse hasta los tobillos a cada paso. Y la lluvia que aparece, a ratos de hostigo, para hacer más duro y místico el trayecto. El olor a tierra y a pino mojado como acompañante. 'Rompesuelas' perdido entre la arboleda. Un “por allí” acaba con la pregunta lanzada al aire que comenzaba a tomar cuerpo: “¿Dónde están los límites del indulto?”. El toro hallado tras el mar de pinos. Y también la civilización. El asfalto del polígono industrial. Un shock. “Por aquí ha pasado, es verdad”, señalan apuntando con el índice al suelo: el asfalto hizo mella también en el toro. Los caballos, ya de vuelta, descolocan de nuevo la jugada: hedor, a partes casi iguales, al sobresfuerzo de tener que amparar la carrera loca del toro galopón y a gasoil. Tas ellos, de nuevo, más pinos… “Ha sido Cachobo”, gritan. El toro ha caído. Hubo antes una vuelta de peones para tratar de poner a ‘Rompesuelas’ en suerte en los límites de la Vega. Casi en fuera de juego. La delgada línea que sostiene el torneo en el siglo XXI. El arma tomada en corto. Primera pasada. Rodado. Sin puntilla. Y el jurado a evaluar: “Nulo”, acabaron dictaminando. Fin del torneo. Necesariamente camino de vuelta, a repasar la Vega con verdadera parsimonia [“Por si acaso...”, como se apuntaba al principio].
martes, 14 de julio de 2015
Oro en velocidad para los pacíficos Miura
A los Miura, después de casi 60 encierros, no le hacen falta
cabestros en Pamplona. Ellos solos, ya casi, y como si fuera por pura carga
genética, se encargan de cuidarse por las calles de la capital navarra. Algunas, pocas, se
toman la justicia por su mano y en solitario –los célebres Olivito y Ermitaño, son
ejemplos de ello–, y otras, la inmensa mayoría, lo hacen juntitos, los seis de
una tacada y a galope tendido. Pero nunca como este martes del San Fermín 2015, que siendo un encierro con alma boyanquil, se ha colado por mor de la velocidad en el
cuadro de honor pamplonés. Dos minutos cinco segundos. Auténticas motos GP.
El récord de la velocidad no se establece en Pamplona hasta
que el último toro cruza el portón de corrales. El encargado de rubricar la
tremenda carrera fue el cárdeno girón de nombre Flamenquillo, el último de los 48 bureles, menos uno, que han pisado la
Monumental durante estos encierros sanfermineros.
Tres trancos por delante, Almendrero
y Sobervio comandaron una manada
extraordinariamente compacta. Entre medias, Rayito,
que le da nombre a esta fugaz 59 carrera de Miura en Iruña, y que, precisamente,
por avanzar en el mismo centro de la torada, ha marcado el promedio de
velocidad.
La yunta que abrió calle, de tonelada y ciento noventa kilos,
arrolló desde el principio de la Estafeta y sobre todo al fin. Ya en
Telefónica, Sobervio se abrió hacia
el vallado izquierdo y levantó por los aires, sin descolgar la cara, al mozo
lento. Nunca tan tremendo empujón propinado casi en el omoplato provocó semejante vuelo. Hubo miedo. Pero nada más lejos
de la realidad, el torón solo quería avanzar. Y lo hizo. Se abrió paso sin estridencias.
Sin ni siquiera meter los riñones. A su ritmo disolvió la montonera en la que
se había metido.
Se apretaron, como no lo hicieron en la cuesta de Santo
Domingo –a la que dejaron en con el molde en contados 40 segundos–, para
atravesar un callejón atestado al que barrieron. Tras lanzar rodando mozos
a mitad del albero de la Monumental, cortaron la cinta al mismo tran tran al que había corrido los otros
840 metros. El alcalde Asiron les colgó la medalla de oro. Y no solo a la
velocidad, sino también a la concordia, y hasta a la paz. Pese a ser seis Aves, a penas dejaron
un par de rasguños. Y, por ende, le dieron cuajo a esa “riesgo inasumible” que entonó el edil, como si nada, tras el cuadro que le montaron a Pamplona los Escolares. Por sus palabras, debió gozar
este cierre de unos sanfermines que han enterrado al toro suelto, y que, hablando de velocidad, no han
sobrepasado los tres minutos.
lunes, 13 de julio de 2015
Garcigrandes saltarines
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| Pizpito, de Domingo Hernández, trazando la curva seguido de sus hermanos./EFE |
Garcigrande ha salido indemne de esta séptima carrera de los
800 obstáculos. Y ese ha sido su gran triunfo. La velocidad como terapia para
no afligirse. Los cuatro toros de Domingo Hernández y los dos herrados con el
de Garcigrande han desfondado al esprint a la Estafeta. Se puede decir, a tenor
de lo visto, que la han dejado sin aire y sin piernas. Y como remate, también
sin fuerzas. La pelea de desgaste diaria por sostribarse del pitón del manso que abre el
encierro, es tan dura y encarnizada, que se convierte en incompatible con
carreras como las de este lunes. Y claro, llegaron las diez mil caídas a los
pies de los ágiles garcigrandes, que
casi siempre evitaron el tropezón saltando con extrema limpieza.
Se abrió el portón, y como si los toros hubieran calentando,
comenzaron a apretar a los cabestros. De hecho, uno de ellos, Pizpito, ha roto un ya
clásico de estos sanfermines: salir todos juntos y por detrás de la tropa de bueyes. El primero en pisar el adoquín. Y solo el
citado manso delantero ha evitado que ese negro, con esa cara de pavor sin exageraciones,
hubiera roto el encierro. Pasado el Santo, el toro se hizo con la manija de la carrera, y los demás le siguieron. La manada no se resquebrajó. Nunca. Hubo
sus entradas y salidas, sus derrotes, pero siempre en actitud coral, nunca en
solitario. Ni la caída de Café en la curva de
Mercaderes con Estafeta propició un cambio en el guion. Diez metros más adelante sí se delavazó
todo.
Pizpito se abrió en la curva pasado de revoluciones, y se vio entre
la espada y un mozo. Y como horizonte próximo la montonera. Y allí que acabó.
Rodando por los suelos... Se levantó a la misma velocidad a la que cayó y zarandeó
entre sus pitonazos al mozo que se resguardaba en el portal. Sin quererlo lo
plantó en mitad de la carrera, y con el resto de hermanos pasando a milímetros
como verdaderos trenes. El estupor se adueñó de ese primer tramo de la
Estafeta. Ese Café que había perdido comba lo aprovechó. A la chita callando, este toro de capa negra y ancho
de sientes se ha encargado de poner orden a lo largo y ancho de toda la calle
‘estrella’. Avasallando con su amplia cara y sin contemplaciones. Lo hizo en ese
punto, y también en la montonera formada en el ensanche de Espoz y Mina.
El testigo que dejó rodando Pizpito por los suelos, lo recogió ese
colorado claro llamado Montanero, del hierro de Domingo Hernández, que lejos de
reducir la velocidad de la carrera, la aumentó, y se distanció para completar
la mitad exacta de la carrera en solitario. No claudicó a las muchas espaldas,
que a diez mil revoluciones menos, pretendían marcarse un 100 pegados al hilo
del pitón. Y como no cedió, llegaron las muchas caídas y arrancó la leyenda de
los toros saltarines. Hasta cuatro mozos quedaron desvalidos y ante la
jurisdicción de sus pezuñas mediada la Estafeta, y los sobrepasó de un brinco.
Y sus hermanos, los cinco, a los que ya les sacaba 20 metros de ventaja,
también. Hasta Café que en el mismo momento de levantar las manos soltó la cara
como un látigo y castigó a todo el que acompañaba su carrera sobre su pitón
diestro. Tras ese primero y espectacular salto. Llegaron muchos más en el tramo
de la Telefónica, y también en el mismito callejón.
domingo, 12 de julio de 2015
Palizón de Telefónica a los cobardones Conde de la Maza
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| Cerrado, del Conde de la Maza, se estrella contra una montonera de mozos./Reuters |
El Conde de la Maza se ha llevado en su regreso a la Feria
del Toro un soberano palizón. Su cobardía en la Telefónica les costó más que
cara, y eso que los boyancones del Excelentísimo Señor, según reza el glosario
de la Unión de Criadores de Toros de Lidia, le regalaron a Pamplona un encierro
doble con tintes clásicos. Corrieron tres y tres, y partieron los 849 metros de
carrera en dos, con el contraluz de Mercaderes a modo de división natural. Se podría decir
que fueron miureños hasta el
Ayuntamiento y de ahí en adelante todo lo que pasó fue en Dolores Aguirre, por
poner dos de los referentes más claros en la carrera de Iruña. Esta Pamplona globalizada eso no se lo tuvo
en consideración. Ni un ápice de respeto. Golpes y regolpes en lomos, pencas,
testuz y pitones. Como si las peleas por plantarse al hilo del pitón no
acabaran cuando el torón rozaba el hombro o las costillas, según altura. Se
pasó de arrearle el mamporro al compañero de carrera a darle una labra de
espanto a unos torones que pasaban los 600 kilos.
Ese fue el remate de un encierro que se apagó alarmantemente
al minuto de carrera. Cualquiera diría que esos toros, que o bien giraban la
cara cobardones o bien ni se inmutaban cuando sentían apoyarse manos y hasta
periódicos entre ojo y ojo, habían tratado de calcar cualquiera de las mejores
salidas de los venerados Miura: manada desparramada, con los seis soltando la
cara a diestra y siniestra, bamboleando esos corpachones como juncos a
velocidad de crucero, fijándose en casi todo y hasta arrodillándose con fiereza
en la plaza del Ayuntamiento ante el leve toque de atención. Hicieron de todo,
hasta caerse y partir la manada en dos en la misma puerta del Mercado de Santo Domingo. Eso los mató.
A partir de ahí, corrieron tres y luego otros tres, con más
de 20 metros de distancia entre unos a otros. Eso provocó la citada pérdida del
respeto en Telefóncia y el callejón. Y también, aunque menos acusada, en
Estafeta y con algún ramalazo en la osada Mercaderes, que es donde se inició el
declive de la torada. Una caída a plomo en toda regla. Desfondarse tranco a
tranco para pasar del fibroso primer tercio del encierro al fofo final, con la
imagen de ese Cerrado como
bandera. El más estrecho de sientes del encierrón
se lió a empujar con el morro y los pechos, en lugar de con los pitones, y a levantase de
manos con la única intención de huir hacia adelante, tras estrellarse contra
una atemorizada y cosmopolita montonera de mozos que trataba de hacerse
invisible pegada a tablas. Sus riñonazos acabaron por imponerse y dieron al
encierro por claudicado y concluido.
sábado, 11 de julio de 2015
Legendario derechazo y KO de Escolar a Pamplona
José Escolar le ha metido un mandoble de aúpa a Pamplona. Un
KO en toda regla. Un derechazo duro y
directo a la boca del estómago en poco menos de tres minutos y el día de su
debut. Una vuelta en toda regla a este calcetín llamado encierro. El gran
protagonista, Curioso, un cárdeno playerón que echó el freno de mano en la misma melé
con los mozos de recibo y se volvió sobre sus pies. Los pastores ayudaron a
ello. El varazo a destiempo le obligó a buscarse las vueltas, y también la huida. Y tras la
imagen insólita, Iruña entro en pánico. Ante la duda, y con el toro rebañando
talanqueras, portón de Santo Domingo abierto y fin al problema. El encierro,
diezmado. Una baja por insumisión. Lo nunca visto. Y en ese corral de dormida
quedó castigado hasta que decidieron devolverlo al Gas y embarcarlo como a un
toro vulgar para una plaza cualquiera. Sin la loa del encierro pese a haber pisado la calle. Pecado mortal en la Meca.
El combate entre los Escolares
y Pamplona no murió con el pañuelo verde presidencial, y eso que Iruña trató de
ondear la bandera blanca. Pero ya era imposible. Esa salida refrenada tuvo otro
actor principal: Señorón II. Cuatro
cornadas, su particular firma. En el mismo momento en el que su hermano decidió no
seguir avanzando, este toro, veleto y cariavacado, metió riñón y emprendió viaje en
solitario. El toro suelto en toda regla. De principio a fin. Lo primero que
hizo fue arrollar y dejar el primer herido de consideración en este indomable
encierro de Escolar. De ahí en adelante, una carrera de pavor con el instinto
del animal a flor de piel. A las puertas de finalizar su duro trasiego se cogió
con papel de fumar la parábola de la masificación y bañó sus dos pitones en
sangre: dos mozos de una tacada. El drama. A ambos los colgó a pulso mientras
trataban de librarse de esos puntiagudos pitones que ya le atravesaban por completo el muslo. Los requiebros, a diestro y siniestro, sirvieron para
acabar con el cuadro. Entró en la plaza con un andar cansino, que, sin embargó,
no fue óbice para que al leve pisotón que buscaba llamar su atención se plantara, echara la cara arriba y demandara guerra. Los dobladores evitaron otra desgracia.
El resto de los hermanos también tuvieron su protagonismo. Para
empezar, ese cárdeno claro de nombre Costurero,
voló desde Santo Domingo hasta la Monumental. Se sacudió el polvo una vez dejada
atrás la hornacina de San Fermín y ya no lo paró nadie. Ni ese manso que quiso
hacerle de tope más que de guía. Mozos al suelo a lo largo y ancho de toda la
cuesta. Ya en Mercaderes dejó para el recuerdo otra de esas escenas
inverosímiles: el mozo parado, reproduciendo el lance de Don Tancredo, y ese Costurero
bordeando aquella estatua de sal. Ni un rasguño. Tras la finta, de bruces contra el panel
protector de la curva. Y contra un mozo, al que le pasó toda su amplia cara por
la misma barriga. Lo lanzó hacia la Estafeta y lo dejó de pie. La calle ‘estrella’
lo baldó y se vio abocado a acabar el encierro a un trote lento y noblón, al igual que los otros tres toros restantes. Aunque con diferentes matices, el otro Señorón II tuvo su instante de gloria: tras
puntear y, hasta sacar la cara en Santo
Domingo, enfiló al mozo despistado en la plaza del Ayuntamiento. La parálisis
producida por el miedo le salvó, el mínimo temblor le hubiera crucificado.
viernes, 10 de julio de 2015
Fuenteymbros galopones
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| Manirrota, de Fuente Ymbro, salva a un mozo al final de la curva de Mercaderes./Foto: Larrión y Pimoulier-DN |
Fente Ymbro se cascó en su
undécima participación en Pamplona un encierro bizcochón. Puro almíbar. Y para
remate en fila india. Más fácil casi imposible. Y desde el comienzo. No hizo
falta ni que la curva o el contraluz prepararan la montonera o produjeran el
tropezón. Casi por instinto, y tras la melé con los mozos de recibo de Santo
Domingo, los toros de Ricardo Gallardo se pusieron en formación de a uno. Y la
cuesta no lo desaprovechó. Como si estuvieran en Estafeta: espalda al morro y
hacer pantalla, y ya la velocidad y las piernas marcarían cuándo quitarse. Y se
quitaron, no voló nadie. Los toritos, recortaditos, bajitos ellos, con sus
puntas la mayoría hacia adelante, lanzaron leves punteos a su diestra y ya. Se
afligieron y entendieron que lo mejor para su salvaguarda era correr y correr.
Y eso hicieron durante dos minutos y 24 segundos.
El primero en tomar esa decisión
fue el único toro negro del sexteto, Manirrota,
que no le hizo justicia al nombre, por su galopar agalgado. Aprendió su sino en
el encierro pegadito al costado izquierdo de un manso en Santo Domingo y
emprendió aventura en solitario nada más llanear la carrera en la plaza del
Ayuntamiento. Pasó como un rayo por Mercaderes y llegó la curva. La trazó en
diagonal y fue a dar contra el primer portal de la estafeta. Pero no chocó. Ni
siquiera rozó a un, suponemos, mozo mexicano. Ni un rasguño. Echó el freno de
mano, cerró los ojos y bizqueó del diestro para no ver sus 550 kilos empotrados
contra una pared, y con un hombre en medio. Superado el entuerto siguió la
carrera. Los manos comenzaron a azuzarle en los cuartos traseros a modo de
fusta hasta que la mano de otro mozo con todo su corpachón a cuestas se le abalanzaron
sobre el pitón zurdo. Cayó como una mosca. Sus hermanos no, pero todos
tropezaron. Palizón al comienzo de la Estafeta. Se levantó sin ni siquiera
mirar y siguió corriendo.
La mala pata de ese veleto Manirrota, le entregó a dos de los
castaños del encierro, Valdivia y Hostelero, la manija de una carrera que
no iba a cambiar mucho. Unos por otro. Y
por detrás, también lo mismo, eso sí, siempre de uno en uno. Avanzaron sin hacer un
feo, siempre buscando el fin del encierro. Ese tran tran a sus muchos kilómetros
por hora hizo que brotaran las carreras largas, pegadas al pitón, con esa antiestética
forma de controlar al animal levantando la cabeza y mirando el pescuezo del
toro por el rabillo del ojo. También las hubo cortas, y hasta necias. Y otra
vez, ya en Telefónica y el Callejón, el final cruel: manos en los lomos, en los
costados, en el morrillo y también en los pitones. La carrera galopona como
respuesta. En los seis.
jueves, 9 de julio de 2015
Nueva cumbre de Victoriano
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| Los toros de Victoriano del Río trazando la curva de Mercaderes con Estafeta./Foto: J.A.Goñi-DN |
@ivanmirobriga
Victoriano –del Río, se entiende– se ha puesto en disposición de repetir el descomunal éxito de los sanfermines pasados. El Carriquiri y Feria del Toro de una tacada. El ‘doblete’. Un encierro de impresión, nuevamente, lanza al sexteto de torones, dos de ellos con trazas de cebús del Senegal: el castaño Filibustero y el colorado Jinetero, hacia la cumbre. La emoción como señal inequívoca del triunfo. Desde que se abrió el portón de Santo Domingo hasta los mismitos corrales de la Monumental.
Dos nombres por encima del rocoso sexteto: Jubilado y Enamorado. El primero, un señor con barba, se ha metido de lleno en el ranking de toros
destacados en escasos 300 metros. Fue pasar la hornacina de San Fermín y echar
la cara abajo, a ras de suelo, meter riñones y ponerse en cabeza. Con metros de
distancia. Hasta diez. Ese feúco Filibustero
trató de seguir su estela y no lo consiguió. Imposible. Cuando quiso
reaccionar, el negro axiblanco ya era el dueño de la situación. Un Ave que
coronó la cuesta con un pitonazo duro y seco en la espalda de un mozo. La
camisa echa girones tras el encuentro. Siguió firme. Férreo. Y cuando tuvo ocasión,
ya en Mercaderes, lanzó una segunda
cornada que tampoco hizo carne. De milagro. Eso sí, empotró sus dos pitonazos
en la mismita pared tras querer ensañarse con una indefensa montonera. De verlo
tan claro perdió los pies. Se levantó orientado y solo la llegada in extremis
de la manada evitó un mal mayor: el toro suelto.
Aún le quedaba un tramo de gloria a ese Jubilado. Le cayó en el mismo hocico un periódico volandero y lo
desarmó. Y también a la fila de espectadores que pretendía seguir el encierro a
pie de calle. De nuevo esa tremenda cara llenándose a placer de mozos. Y otro tropezón. Fin de su historia para mayor gloría de Enamorado, que como si de una carrera de medio fondo se tratara vio
la ocasión en el traspié de su hermano de hacerse con las riendas de
la carrera y esprintó, para regocijo al fin de la Estafeta. La belleza de la
carrera con el toro engallado, con la cara puesta arriba, sin afligirse, y eso que han dado en llamar el braceo –el triste codazo– alrededor. Y así
desde la bajada de Javier hasta los corrales.
Afeó la estampa más pura vista hasta el momento en estos sanfermines el ansía de sobresalir cuando las cuentas no salen. Llegó el mozo mal colocado en la carrera con toda su desvergüenza a cuestas y se colgó del pitón zurdo en el mismito callejón. Aguantó siete metros, los que tardó la velocidad del toro en zarandearlo y hacer justicia echándoselo a los pies. Le pasó, además, toda la manada por encima, provocando, eso sí, el tropezón. Filibustero al suelo, y el resto dando brincos para no caer. El semiuro se levantó sin renquear, y cerró, así, con honra, este segundo encierro en la cumbre de Victoriano del Río.
Afeó la estampa más pura vista hasta el momento en estos sanfermines el ansía de sobresalir cuando las cuentas no salen. Llegó el mozo mal colocado en la carrera con toda su desvergüenza a cuestas y se colgó del pitón zurdo en el mismito callejón. Aguantó siete metros, los que tardó la velocidad del toro en zarandearlo y hacer justicia echándoselo a los pies. Le pasó, además, toda la manada por encima, provocando, eso sí, el tropezón. Filibustero al suelo, y el resto dando brincos para no caer. El semiuro se levantó sin renquear, y cerró, así, con honra, este segundo encierro en la cumbre de Victoriano del Río.
miércoles, 8 de julio de 2015
Joselitos acabestrados
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| Los toros del Tajo y la Reina avanzan arropados por los mansos por la Estafeta./Foto: Rudy |
A menos cinco. A menos tres. A menos uno. Por triplicado:
“¡A San Fermín pedimos / por ser nuestro patrón / nos guíe en el encierro /
dándonos su bendición!” [y bis en vascuence], suplicaron a coro, y de manera
vigorosa, cientos de mozos a las puertas de enfrentarse a la nada, por aquello
del debut: seis toros de Joselito más bien feúcos pero reunidos.
Al Santo gracias, el mantra funcionó. Un alivio. Aunque
viendo cómo se desarrolló este segundo encierro del San Fermín 2015, más bien
pareciera que esa estrofa la hubieran cantado los toros: “Nos guíe en el
encierro, nos dé su bendición”. Dicho y hecho. Por arte de birlibirloque los compañeros de dormida se le transmutaron a los
cuatro Tajos y a los dos Reina en Lázaro de Tormes, al menos
durante dos minutos y trece segundos. Estos bueyes de Pamplona, que solo saben
correr y correr, pero sobre todo correr
agrupaditos, abdujeron a los seis bravos. Se puede decir que quedaron acabestrados. Ni una mala mirada. Ni un
leve punteo. Nada.
Llegó a tal extremo la mimetización, que ese descarado y
astifino Alabastro quiso ser más que
los propios mansos y encabezó la reunida manada desde la plaza del Ayuntamiento
hasta la curva de Mercaderes, como mostrando las dos razones de peso por las
que Joselito le ‘perdonaba’ a Pamplona aquel melonazo veintisiete años después menos un día. Nada más lejos de la
realidad. Cualquier comparación entre ese toro y el resto resultó imposible. Ni
por hechuras ni por comportamiento. Sus cinco hermanos, lejos de querer galopar
o arrollar con el pecho y las manos, tan solo buscaron estrechar
sus recortados cuerpos los unos contra los otros, en busca de refugio. Y claro, así fue imposible cualquier
atisbo de poner la espalda en el morro a modo de pantalla, que es como se corre
en Pamplona. El pasillo central de la Estafeta lo fue este miércoles más que
nunca. Toros y mansos, a la par, por el mismito medio y los mozos a los
costados, viéndolos pasar.
El conato de montonera en la curva fue un
puedo y no quiero. Toro para adelante, metiendo riñones, en busca de reengancharse
a la manada. Tardó un suspiro en alcanzar a la mole de hermanos y
cabestros. La llegada a la plaza no fue diferente. Los mozos cayeron como
peonzas al paso de ese Alabastro,
empeñadito en ser más que los propios bueyes, y el castaño Musulmán, que puso la rúbrica
al debut ganadero de Joselito en Pamplona con una fea coz.
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