jueves, 14 de julio de 2016

Miura por los suelos como fin de fiesta

Rayito, de Miura, lanza por los aires a un manso tras una estrepitosa caída./Foto:DN
@ivanmirobriga

Miura rodó por los suelos; como fin de fiesta, además. Los mozos perpetraron, sin querer, toda una encerrona. Y los toros cayeron en la trampa. Antes, sin embargo, las fieras habían sido indulgentes; pues sin haber pisado la calle, los seis toros de Miura demostraron saber de qué iba el encierro. Los sanfermines como una prueba de selección más: sesenta años de la legendaria divisa de Zahariche en Pamplona [50 de ellos en la Feria del Toro]. Una de las dos asas del hierro, se podría decir. Los toros de esta última carrera del 2016, muy de los 80: de sienes amplías, largos; aunque con osamenta del siglo XXI: más cubierta de carnes. Las hechuras del toro que gusta en la vieja Iruña, en definitiva.

Los Miura y los bueyes habían avanzado al mismo son: contoneo izquierda-derecha con el motor de la cadera y fuerza bruta en las manos. Apoyos a plomo. De hecho, según los tramos, comandaron los bueyes la carrera; o no. La salida fue para los cabestros de Chopera. Y la cuesta. Los mansos salieron por delante y los torones de Miura [seis cárdenos y uno colorado] aceptaron su mandato. La manada avanzó estirada desde los corrales. Las fieras se colocaron de dos en dos y a la par y siguieron a los bueyes pacíficos: ni un derrote, ni una mala mirada. Centrados en el galope casi hipnótico de los cabestros. Dos mozos se precipitaron contra el suelo –como preludio de lo que les caería encima después–, la manada le pasó por encima sin darle importancia. Caso omiso. Leve brinco y salvada la primera traba. A los dos jóvenes, eso sí, se les debió hacer eterno.

En la plaza del Ayuntamiento el rol de la carrera comenzó a cambiar. Rayito [el toro colorado, 71] hizo honor a su nombre y buscó con ahínco que el buey que comandaba la carrera le cediera el testigo. Lo consiguió casi al llegar a la curva. El toro obligó al manso, con su amplio costillar, a abrirse hacia el costado izquierdo [o lo que es lo mismo: contra los tableros en chaflán unen Mercaderes y la Estafeta]. Y asaltó la cabeza de carrera. El toro [y el resto de hermanos], pese a coger la curva por dentro, fueron a parar contra la primera fachada que encontraron a su paso al trazar la curva. Y los toros se transmutaron en un buque ‘rompehielo’: la imagen que dejaron a lo largo de la Estafeta fue eso. La manada avanzaba en forma de cuña: con Rayito al frente, amparado por los costados por otro dos Miura; y luego los otros tres toros. Los mozos se esforzaban en alcanzar la cabeza de manada y cuando lo hacían se tenían que retirar a un costado y entonaban el “pobre de mí”.

La Estafeta la atravesaron, con esa zancada de doble tracción, en pocos segundos. Tan sólo en dos ocasiones los mozos cruzaron la línea imaginaria que dibujaban los toros con tan tremendo avanzar. El resultado: un derrote a izquierdas y, poco después, un traspiés de Apeador [8, negro entrepelado]. Se enredó en la camisa de un mozo. La hizo girones. Y se llevó como premio un colgajo del pitonazo diestro. En la Telefónica los toros buscaban un respiro y redujeron una marcha. Los bueyes no lo consintieron y retomaron el control de la carrera. El ritmo de los mozos era mucho menor y la cantidad de atalancados que se apostaban en los laterales se podría describir como infernal. Se amasaba la encerrona. Fruto del tumulto, Rayito resbaló. El manso acabó sobre sus lomos y en un alarde de fortaleza, el toro recuperó la verticalidad con el cabestro a cuestas. La costalada del buey fue de impresión. El golpetazo atronó la bajada al callejón.

Los Miura cobraron por duplicado la clemencia con la que se habían comportado al pisar la Monumental. Los mozos comenzaron a besar el albero y se formó una montonera que los toros, por la inercia de la bajada, no pudieron evitar. Rayito perdió las manos e hincó los pitones en la tierra. Soportó sobre el cuello sus 605 kilos a pulso. Le costó recomponerse del trance. El resto de hermanos doblaron las rodillas o perdieron las manos, pero no llegaron a quedar tendidos a la larga, tal y como estaba el citado toro colorado. Desdelargo, el último Miura, en entrar en la plaza, se encontró con el cuadro sin querer y también acabó por los suelos. Rodando. Los dos animalitos se reincorporaron a la par ya en el descuento. Un mozo atolondrado eligió también ese momento. El pitonazo de Rayito le señaló todo el cuello. Después acabó bajo sus pezuñas.


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